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¿Quién no quiere subir a la Torre Eiffel?

Una foto con la Torre Eiffel atrás, un vídeo de cuando se va iluminando. En fin. Cada viajero busca la mejor forma de inmortalizar el momento con esa famosa estructura de hierro.

En el 2012, exactamente, tuve la suerte de viajar con mi hijo a las europas. París se nos mostró algo fría, lluviosa obviamente, pero siempre hermosa. Y aunque compramos un paraguas que duró la nada misma, en la tiendita de la esquina a la Torre, esperamos dos horas en la fila para pagar la entrada, empapados. Además de lluvia, había viento. Compramos los tickets y subimos. Pero sólo pudimos hacerlo hasta el segundo piso. No se podía subir hasta el tercero.

Yo había estado, dos años antes, allí. Acompañada de un belga, que no soporta comportarse como turista, por lo que me dejó sola y se fue a tomar  vino y  fumar un puro, en un café cercano. Esa vez, la hice “cortita”. Subí, miré, me saqué fotos y bajé.

Pero esta vez era diferente. Estaba con mi hijo que me miraba con cara de “¿y no vamos a subir más?”.

El viento y la lluvia, hacían imposible abrir el ascensor para subir. La torre desde arriba, decían, se movía mucho y al parecer era peligroso.

Y ahí estábamos nosotros, junto con los chinos y sus cámaras, expectantes a que abrieran el ascensor para el tercero. Pero nada.

Nos fuimos a tomar un cafecito a esa cafetería carísima que tienen. Y nos sentamos en el suelo. Yo creo que hasta dormité. Teníamos frío y la cafetería era el mejor lugar para quedarse.

Si para construir la Torre se demoraron dos años, dos meses y cinco días; porque no podíamos esperar toda la tarde para subir. Y eso hicimos. Hasta que me dio la indiá y le dije a mi hijo que viéramos si ya estaba abierta la boletería para comprar los tickets para el tercer piso.

Seguía lloviendo, pero no había tanto viento.

Y como arte de magia, la caseta se empezó a abrir de a poco. No estaban los Chinos. Estábamos solo mi hijo y yo. Compré los tickets, miré hacia el ascensor y un señor nos hizo una seña para que nos subiéramos. Lo hicimos. No había nadie más en el ascensor. Estaba él, que nos miraba sonriendo-cosa rara en los franceses- y nosotros.

A 300 metros del suelo. Los dos solos, dando vueltas en la tercera planta. Solos. Si. Solos. Obviamente, que el viento seguía y la cosa se movía como loca. No sabíamos qué hacer. No había nadie más que nos sacara una foto juntos. Buscamos donde estaba Chile, en el mapa de distancias, yo le saqué una foto a mi hijo allí.  Y de repente, también como arte de magia, se abrió el ascensor y llegaron las ordas de Chinos, jóvenes, turistas en fin.

Con el viento y la lluvia, la torre se movía bastante les diré.

Como ya con tanto gentío, y nosotros que nos creíamos vip, preferimos bajar. El ascensorista nos hizo pasar. Eramos los tres nuevamente. Bajamos, con ese nervio cuando uno baja, que casi se le sale el corazón. Se abrió la puerta del ascensor y el de la caseta, que estaba al frente, en español y con micrófono nos dice: “¿Qué tal, cómo estuvo? Primera vez que veo esto,  es único subir solos”. Nosotros nos miramos, ahí me emocioné. Casi abrazo a ese tipo.

Y ahí entendí. ¿Quién no quiere subir a la torre Eiffel?

 

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